Su relación con aquella mujer iba razonablemente bien hasta que ella empezó a responderle con aquella frase a cada comentario, a la más mínima observación con la que buscara mejorar, avivar la convivencia. Es increíble -le decía con los ojos desorbitados, presa de una susceptibilidad desconocida.
Admitía matices -no me puedo creer, no me puedo creer esto, no me puedo creer lo que me estás contando o diciendo- pero el mensaje era siempre el mismo: asombro, desconcierto ante sus palabras. Es surrealista -afirmaba cuando ya estaba fuera de sí porque aquel capullo se atrevía a reclamarle afectividad, complicidad, intimidad, todas esas cosas, ya saben, terminadas en dad; descolocada por aquel pringao que no sabía que las parejas de largo recorrido acababan aquejadas de artrosis emocional; a ver qué carajo venía reclamando a aquellas alturas más allá de la mutua tolerancia. No, no se lo podía creer; le parecía increíble.
Y no, no era el increíble que se le escapaba escuchando los recortes que anunciaba un día sí y otro también el telediario ni el increíble que le decía hace años cuando él -eres increíble- o al menos alguna parte de él -es... increíble- le fascinaban.
Más que palabras
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