El mismo día que se hacía público que la escritora Alicia Giménez Bartlett
había sido elegida ganadora de la 64ª edición del Premio
Planeta por Hombres
desnudos y que el director de cine Daniel Sánchez Arévalo
había sido finalista con la obra La isla de Alice, yo recibía el siguiente correo:
“Tras un periodo evaluativo duro pero
agradable, y según lo previsto en las bases del III Concurso Tono Escobedo de
relatos breves, nos alegra comunicaros que ya están disponibles los resultados
del jurado.
Por tercer año consecutivo nos hemos visto felizmente sorprendidos por vuestro ingenio y sensibilidad. Algunos de los relatos han sorprendido por su punto de vista, otros por la creatividad en la forma o en el contenido, también los ha habido de singulares en cuanto a la reflexión arrojada o en cuanto a su habilidad para capturar un momento de la realidad inmortalizándolo en unas pocas palabras. Por supuesto, alguno de vuestros relatos ha entrado en contacto con el tema del concurso de la forma más inesperada, y eso siempre supone una feliz sorpresa.
En el presente correo podéis encontrar un documento adjunto con la selección de relatos que pasarán a formar parte del libro "Las 7 virtudes de la Humanidad", ordenados por categorías y con especial mención para los ganadores y accésit. La variedad de vuestras voces serán archivadas en tinta sobre papel, y será esa misma variedad la que dé frescor y calidad al futuro libro, y la que nos impulse para trabajar en una edición que haga honor a vuestro esfuerzo”.
Me es grato compartir con todos vosotros que mi
relato, El último abrazo, ha sido elegido primer accésit de la categoría
Templanza.
Habíamos
compartido momentos de desatada pasión en aquella escondida vaguada próxima al
acantilado. Sin templanza, esa moderación en el disfrute de los placeres que,
de forma persistente, me recordaba mi madre, los besos, los abrazos y las
promesas de amor eterno nos hicieron sentir como si nuestro destino fuera ese,
vivir eternamente unidos. Hoy, pasados los años, volvíamos los dos por aquel
conocido sendero mientras el manto azul celeste se iba tornando gris plomizo.
El sol había cedido el testigo a una media luna que más bien semejara la hoja
de una hoz lanzada al viento. La fresca brisa marina, transformada en un aire
mortecino, iba invadiendo todo el ambiente. Los geométricos laberintos de las
múltiples telas de araña daban a entender que nuestro refugio de amor seguía
siendo un lugar inhóspito. Llegados a nuestro rincón, le abracé fuerte contra
mi pecho y deposité el último beso en la tapa de la urna mortuoria que contenía
sus restos. Procedí a depositar allí mismo sus cenizas. De repente, un golpe de
aire me sacudió en la cara. El mismo que hizo que mi ropa negra se viese
impregnada totalmente de sus cenizas a modo de un último abrazo.

















